lunes, 2 de mayo de 2011

Dolor de espalda y emociones. Capítulo III.

En mi experiencia en consulta de masaje u osteopatía nunca he atendido a ninguna persona que no pensará que su dolor no había sido provocado por un problema físico: “Me golpearon por detrás en el coche hace 10 años y eso me produce dolor crónico de cervicales”, “Cogí a mi hijo de 4 años y noté un dolor agudo en la zona baja de la espalda hace dos años y aún continúa ese dolor”, “Realicé una mudanza hace seis meses y me hice daño en zona media de la espalda”, etc.

La idea de que el dolor sea producto de cualquier acto físico está ampliamente arraigada y aceptada en nuestra sociedad actual. Cuando una persona acude al médico por este tipo de dolencias hay varios tipos de actuación. Puede recetarle antiinflamatorios y/o relajantes musculares. Si el profesional sanitario no ve mejora puede mandarle algo más fuerte como antiinflamatorios en inyección o corticoides o puede recomendarle sesiones de fisioterapia que incluirán ultrasonidos, corrientes, etc.

El paciente puede notar una leve mejoría y si su caso no es grave puede estar bien un tiempo. Bajo mi punto de vista todo esto no sirve absolutamente para nada. Bien es cierto que hay trabajos físicos que son potencialmente lesionantes, de igual manera que existen desempeños laborales que pueden tener cierta incidencia en el malestar de la espalda, como puedan ser los actuales trabajos administrativos, informáticos y todo aquel trabajo relacionado con oficinas.

Hay algo que no se puede obviar en el dolor de espalda, las emociones.
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